sábado, 10 de junio de 2017

Las primeras 50 páginas de Lord of Shadows en ESPAÑOL

¡Hola Heroes!

¿Cómo estáis? Yo desaparecida, aunque pronto espero dejar de estarlo y subiros una reseña, porque encuentro mucho a faltar leer un libro y subiros la reseña. 

Así que como disculpas os traeré las primeras 50 páginas de LORD OF SHADOWS en ESPAÑOL, traducido por mí, creo que esto se esta haciendo tradición traeros algo traducido de la saga de Cazadores de Sombras hahahah o sinceramente espero que se haga tradición. 

Ahora mismo tenéis el PRIMER CAPÍTULO, en un principio pensaba colgarlo cuando lo tuviera todo, pero viendo que no doy abasto, he preferido traeros primero esto. No le he podido revisar tanto como a mi me gustaría, por lo tanto si encontráis algún fallo, me disculpo por adelantado.
Cuando tenga el segundo y tercer capítulo, también lo colgaré, y avisaré por Twitter (que lo podéis encontrar a la parte derecha) y quizás por Instagram (que también esta al lado derecho).
Sabréis que hay contenido nuevo, cuando en esta misma entrada encontréis en la parte superior esto: Actualizado de día/mes/año.

Me encantaría saber vuestra opinión acerca de las cosas que traduzco, si os gusta Cazadores de Sombras tanto como a mí y ¡sobretodo si disfrutáis de lo que traduzco para vosotros/as!


1

Aguas tranquilas


Kit había descubierto recientemente lo que era un mayal (1), y ahora había un estante de ellos, colgando encima de él, brillantes, puntiagudos y mortales.

Nunca antes había visto nada semejante en la sala de armas del Instituto de Los Ángeles. Las paredes y suelos eran de un color granito de plata blanca, y las islas de granito rosa se elevaban a través de la habitación, haciendo que todo el lugar fuera como una exhibición de armas y armaduras en un museo. Había báculos y mazas, bastones para caminar inteligentemente diseñados, collares, botas y chaquetas rellenas disimuladamente de cuchillos delgados y planos preparados para apuñalar y lanzar. Los luceros del alba (2) estaban cubiertos por peligrosos clavos, y había distintos tipos y tamaños de ballestas.

Las islas de granito estaban repletas de instrumentos brillantes, tallados en adamas, una sustancia parecida al cuarzo, que los cazadores de sombras extraían de la tierra y que solo ellos sabían convertirla en espadas, cuchillas y estelas. Cosa que le parecía más interesante a Kit que el estante que sostenía las dagas.

No tenía un particular deseo en aprender cómo se debían usar las dagas - nada más allá del interés general que imaginaba que la mayoría de adolescentes tenían en las armas mortales, pero aun así, preferiría una ametralladora o un lanzallamas. Pero las dagas eran una obra de arte, sus empuñaduras con incrustaciones de oro, plata y gemas preciosas - zafiros azules, rubíes en cabujón (3), patrones en forma de espinas, brillantes, grabadas en platino y diamantes negros.

Podía pensar en al menos tres personas que en el Mercado de las Sombras las comprarían por una buena suma de dinero, sin hacer ninguna pregunta.

Quizás cuatro.  

Kit se quitó la chaqueta de mezclilla que llevaba - no sabía a cuál de los Blackthorn había pertenecido; se había despertado la mañana de después que había ido al Instituto, para encontrar una pila de ropa recién lavada a los pies de su cama - se había puesto la chaqueta acolchada y se había encogido de hombros. Se miró en el espejo del otro lado de la habitación. El pelo rubio estaba despeinado, y el último moretón estaba desapareciendo de su piel pálida. Abrió la cremallera del bolsillo interior de la chaqueta y la empezó a llenar de dagas enfundadas, escogiendo las que tenían las empuñaduras más sofisticadas.

La puerta de la sala de armas se abrió. Kit soltó la daga que estaba en la estantería y se dio la vuelta rápidamente. Había pensado que se había ido de la habitación sin que nadie lo notase, pero si había una cosa de la que se había dado cuenta en este breve tiempo en el Instituto, era que Julian Blackthorn se daba cuenta de todo, y sus hermanos no se quedaban atrás.

Pero no era Julian. Era un hombre joven que Kit no había visto antes, pero algo en él, se le hacía familiar. Era alto con el pelo rubio revuelto y su constitución de cazador de sombras era - ancho de hombros, brazos musculosos, y las líneas negras de las runas lo protegían desde el cuello hasta los puños de la camisa.

Sus ojos eran de un color oro oscuro inusual.  Llevaba un pesado anillo de plata en un dedo, como lo hacían muchos cazadores de sombras. Arqueó una ceja mirando a Kit.

“Me gustan las armas, ¿y a ti?” dijo él.

“Están bien.” Kit retrocedió un poco hacía una de las mesas, esperando que las dagas del bolsillo interior no sonaran.

El hombre se movió hacía la estantería que Kit había inspeccionado y cogió la daga que había dejado caer. “Cogiste una buena,” dijo. “¿has visto la inscripción de la empuñadura?”

Kit no la había visto.

“Fue hecha por una de los descendientes Wayland, Smith, también hizo Durendal y Cortana.” El muchacho hizo girar la daga entre sus dedos antes de colocarla en el estante. “Nada es más extraordinario que Cortana, pero las dagas como estas siempre regresan a tus manos después de lanzarlas. Conveniente.”

Kit se aclaró la garganta. “Deben valer mucho,” dijo él.

“Dudo que los Blackthorns tengan prevista venderlas,” dijo secamente. “Soy Jace, por cierto. Jace Herondale.”

Hizo una pausa. Parecía estar esperando una reacción, que Kit no estaba dispuesto a darle. Conocía el apellido Herondale. Era la única palabra que se le había dicho estas dos últimas semanas. Pero eso no quería decir que quisiera darle al hombre - Jace - la satisfacción de lo que claramente estaba buscando.

Jace permaneció tranquilo ante el silencio de Kit. “Y tu eres Christopher Herondale.”

“¿Cómo lo sabes?” dijo Kit manteniendo la voz plana y poca entusiasta. Odiaba el apellido Herondale. Odiaba la palabra.

“Parecido familiar,” dijo Jace. “Nos parecemos. De hecho, te ves como los dibujos de muchos Herondales que he visto.” Hizo una pausa. “Y también porque Emma me envió una foto tuya.”

Emma. Emma Carstairs había salvado la vida de Kit. No habían hablado mucho desde - la muerte de Malcolm Fade, el Gran Brujo de Los Ángeles, desde ese momento todo había sido un caos. No había sido la máxima prioridad de nadie, además tenía la sensación que pensaban en él como un niño pequeño. “Bien. Soy Kit Herondale. Ya me han dicho esto, pero esto no significa nada para mí.” Kit presionó los dientes con fuerza. “Soy Rook. Kit Rook.”

“Sé lo que te dijo tu padre. Pero eres un Herondale. Y eso significa algo."

“¿Qué? ¿Qué significa?” exigió Kit.

Jace se apoyó en la pared de la sala de armas, justo debajo de una exposición de espadas pesadas. Kit esperaba que una de ellas se cayera en su cabeza. “Sé que eres consciente acerca de la existencia de los cazadores de sombras,” dijo Jace. “Muchas personas son especialmente subterráneos y mundanos con la visión. Seguramente pensabas que eras uno de ellos, ¿correcto?”

“Nunca pensé que era un mundano,” dijo Kit. ¿Ninguno de los cazadores de sombras sabía cómo sonaba cuando se usaba esa palabra?

Sin embargo, Jace lo ignoró. “La sociedad y la historia de los cazadores de sombras - no eran cosas que la mayoría que no eran nefilims sabían. El mundo de los cazadores de sombras está formado por familias, y cada una de ellas tiene un apellido que aprecian. Cada familia tiene una historia, que se pasa de generación en generación. Llevamos el honor y las cargas de nuestros apellidos, lo bueno y lo malo que nuestros antepasados han hecho, durante toda nuestra vida. Intentamos estar a la altura de nuestros apellidos, para que así, aquellos que vienen después de nosotros tengan cargas más ligeras.” Cruzó los brazos encima del pecho. Sus muñecas estaban cubiertas de marcas; uno de ellas parecía un ojo abierto en el dorso de su mano izquierda. Kit se había dado cuenta que todos los cazadores de sombras tenían uno. “Entre los cazadores de sombras, tu apellido es muy significativo. Los Herondales han sido una familia que ha determinado los destinos de cazadores de sombras por generaciones. No quedan muchos de los nuestros - de hecho, todos pensaban que era el último. Solamente Jem y Tessa tuvieron la fe de que tu existías. Te estuvieron buscando durante mucho tiempo.”

Jem y Tessa. Junto con Emma, habían ayudado a Kit a escapar de los demonios que habían asesinado a su padre. Y le contaron una historia: la historia de un Herondale que había traicionado a sus amigos y luego había huido, comenzando una nueva vida lejos de los nefilims. Una nueva vida y una nueva línea familiar.

“He escuchado acerca de Tobias Herondale,” dijo Kit. “Así que soy descendiente de un gran cobarde.”

“Las personas son imperfectas” dijo Jace.  “No cada miembro de nuestras familias era genial. Pero cuando vuelvas a ver a Tessa de nuevo, te podrá contar acerca de Will Herondale. Y James Herondale. Y de mí, por supuesto,” agregó modestamente. “El cazador que sombras que ha llegado más lejos, soy grandioso. No trato de intimidarte.”

“No me siento intimidado,” dijo Kit, preguntándose si el chico era real. Había algo en los ojos de Jace que no le permitía saber cuándo estaba hablando en serio, era difícil saber cuándo lo hacía. “Quiero que me dejes solo.”

“Sé que hay mucho que digerir,” dijo Jace. Extendió la mano para palmear la espalda de Kit. “Pero Clary y yo estaremos aquí para lo que…”

Al palmearle la espalda cayó una de las dagas que estaban en el bolsillo de Kit. Se estrelló contra el suelo en medio de ellos, desde abajo el piso de granito parecía mirarle acusadoramente.

“Bien,” dijo Jace, luego se quedó en silencio. “Así que estabas robando las armas.”

Kit sabía que no servía de nada negarlo, así que no dijo nada.

“De acuerdo, mira, sé que tu padre era un delincuente, pero ahora eres un cazador de sombras y… espera, ¿qué más hay en esta chaqueta?” exigió Jace. Hizo como una especie de patada con el pie izquierdo, lanzando la daga hacía arriba. La cogió con cuidado, los rubíes de la empuñadura brillaban. “Quítatela.” 

Silenciosamente, Kit se quitó la chaqueta y la tiró encima de la mesa. Jace miró adentro y abrió el bolsillo interior. Ambos contemplaron en silencio el destello de los cuchillos y el de las piedras preciosas.

“Así,” dijo Jace. “Que estabas planeado huir, ¿cogiéndolas?”

“¿Por qué debería quedarme?” explotó Kit. Sabía que no tenía que haberlo dicho, pero no había podido evitarlo, era demasiado: la pérdida de su padre, su odio al Instituto, la petulancia de los nefilim, sus demandas para que aceptara su apellido, el cuál no le importaba ni quería que le importase. “No pertenezco a este lugar. Puedes decirme todo lo que quieras acerca de mi apellido, no significa nada para mí. Soy el hijo de Johnny Rook, He entrenado toda mi vida para ser como mi padre, no como . No te necesito. No necesito a ninguno de vosotros. Todo lo que necesito es un poco de dinero para empezar de nuevo, y así instalar mi propia tienda en el Mercado de las Sombras.”

Los ojos dorados de Jace se estrecharon, y por primera vez, Kit vio bajo la arrogante y burlona fachada, el brillo de una aguda inteligencia. “¿Y vender qué? Tu padre vendía información. Le costó años y mucha magia mala construir estas conexiones. ¿Quieres vender tu alma de este modo?, ¿así quieres ganarte la vida, al borde del Submundo? ¿Y qué hay de lo que mató a tu padre? Viste morirle, ¿verdad?”

“Los demonios…”

“Sí, alguien los envió. El Guardián podría estar muerto, pero no significa que alguien no te esté buscando. Tienes quince años. Podrías pensar que quieres morir, pero confía en mí - no lo haces.”

Kit tragó. Trató de imaginarse detrás del mostrador de la tienda en el Mercado de las Sombras, como lo había hecho durante los últimos días. Pero la verdad era que siempre había estado seguro en el Mercado, porque estaba su padre. Porque la gente temía a Johnny Rook. ¿Qué le pasaría a él si estaba allí, sin la protección de su padre?

“Pero no soy un cazador de sombras,” dijo Kit. Miró alrededor de la habitación, millones de armas, pilas de adamas, el equipo, la armadura y los cinturones de armas. Era ridículo. No era ningún ninja. “Ni tan siquiera sabría cómo empezar a ser uno.”

“Dale otra semana,” dijo Jace. “Otra semana al Instituto. Date una oportunidad a ti mismo. Emma me contó cómo peleaste contra esos demonios que mataron a tu padre. Sólo un cazador de sombras podría haberlo hecho.”

Kit apenas se acordaba de luchar contra los demonios en la casa de su padre, pero sabía que lo había hecho. Su cuerpo había tomado el control, y había luchado, e incluso aunque solo fuera un poco, de alguna manera extraña, lo había disfrutado.

“Esto es lo que eres,” dijo Jace, “Eres un cazador de sombras. Parte ángel. Tienes la sangre de los ángeles corriendo por tus venas. Eres un Herondale. Que, por cierto, significa que eres parte de una familia increíblemente atractiva, pero también eres parte de una familia que posee una gran cantidad de bienes valiosos, incluyendo una casa en Londres y otra casa solariega en Idris, a la cuál supongo que sabes que te pertenece. Ya sabes, si te interesa.”

Kit miró el anillo que tenía Jace en su mano izquierda. Era de plata y se veía antiguo. Valioso. “Estoy escuchando.”

“Lo que te estoy diciendo es que le des una semana. Después de todo - Jace sonrió - “Los Herondales no podemos resistirnos a un reto.”



“¿Un demonio Teuthida?” dijo Julian por el móvil, arrugando las cejas. “Eso es básicamente un calamar, ¿verdad?”

La respuesta era inaudible, Emma podía reconocer la voz de Ty, pero no las palabras.

“Sí, estamos en el muelle,” Julian continuó. “No vemos nada por el momento, pero recién hemos llegado. Lástima que no haya un lugar para que los cazadores de sombras aparquen por aquí…”

La mente de Emma estaba centrada en la voz de Julian. Iba mirando por los alrededores. El Sol ya se estaba poniendo. Siempre le había gustado el Muelle de Santa Mónica, desde que era pequeña y sus padres la habían llevado allí para jugar al hockey de mesa y subir al viejo tiovivo. Le había encantado la comida basura - hamburguesas y batidos, almejas fritas y piruletas gigantes - y Pacific Park, el parque de diversiones deteriorado en el extremo del muelle, con vistas al Océano Pacífico.

Los mundanos habían invertido millones de dólares en la renovación del muelle, para que fuera una atracción turística durante años. Pacific Park era totalmente nuevo, con paseos resplandecientes; los viejos carros de churros se habían ido, remplazados por helados artesanales y platos de langosta. Pero el suelo de madera bajo los pies de Emma permanecía deformado por los años de Sol y sal.  El aire seguía oliendo a azúcar y a algas marinas. La música mecánica del viejo tiovivo continuaba sonando en el aire. Todavía había juegos en los que echabas monedas y podías llegar a ganar un oso panda gigante. Y aún, bajo el muelle, en los lugares más oscuros, los mundanos que no tenían ningún objetivo, se reunían a veces para hacer cosas siniestras. 

Esto era ser un cazador de sombras, pensó Emma, mirando la enorme rueda de la fortuna, decorada con brillantes luces LED. Una línea de mundanos ansiosos debajo del muelle; más allá de la barandilla podía ver el mar azul oscuro que se convertía en espuma blanca cuando las olas chocaban. Los cazadores de sombras veían la belleza en las cosas que los mundanos habían creado - las luces de la rueda de la fortuna reflejándose en el océano tan brillantes, que parecía como si alguien estuviera encendiendo fuegos artificiales bajo el agua: rojo, azul, verde, lila y oro - pero ellos veían la oscuridad, el peligro y el deterioro.

“¿Qué está mal?” preguntó Julian. Deslizó el móvil dentro del bolsillo de su chaqueta. El viento - siempre hacía viento en el muelle, provenía del océano y soplaba sin cesar, olía a sal y a lugares lejanos - acarició las suaves ondas de su cabello castaño, al igual que sus mejillas y sienes.

Pensamientos oscuros, quería decir Emma, pero no lo hizo, solo lo pensó. Julian una vez fue la persona a la cual le explicaba todo. Ahora era el tipo de persona que no le contaba nada.

Evitó su mirada. “¿Dónde están Mark y Cristina?”

“Por ahí,” señaló Julian. “Por el juego de los aros.”

Emma siguió su mirada hacía el brillante puesto, donde la gente competía para ver quién podía lanzar un anillo de plástico y encertar alrededor del cuello de una de las docenas de las botellas alineadas. Trató de no sentirse superior al ver la dificultad que tenían los mundanos para encertar.

El medio hermano de Julian, Mark, sostenía tres aros de plástico en su mano. Cristina, con su pelo oscuro recogido pulcramente en un moño, comía palomitas con caramelo y se reía. Mark tiró los anillos: los tres a la vez. Cada uno de ellos giró a distintas direcciones y cayeron alrededor del cuello de la botella. 

Julian suspiró. “Demasiado para ser discreto”.

Una mezcla de aplausos y ruidos de incredulidad salieron de los mundanos que estaban en el juego de los aros. Afortunadamente, no había muchos de ellos, y Mark pudo recoger su premio - algo en una bolsa de plástico - y escapo con un mínimo de alboroto. 

Fue hacía Cristina. Sus orejas puntiagudas se veían entre los bucles de su cabello claro, pero había usado un glamour, para que así los mundanos no las vieran. Mark era mitad hada, y la parte de sangre que pertenecía al Submundo le había hecho unos rasgos delicados, como las puntas de sus orejas y los ángulos en sus ojos y mejillas.

“¿Así que es un demonio calamar?” dijo Emma, solamente para llenar el silencio entre ellos. Había habido muchos silencios entre ella y Julian estos días. Solo habían pasado dos semanas desde que todo había cambiado, pero Emma lo había notado desde el fondo de su alma. Había notado la distancia que había impuesto él, aunque su comportamiento había sido muy cortés y amable desde que le había dicho acerca de ella y Mark.

“Aparentemente,” dijo Julian. Mark y Cristina estaban al alcance para ser escuchados; Cristina estaba terminando sus palomitas de caramelo y miraba tristemente dentro de la bolsa esperando a que aparecieran más. Emma lo entendía. Mark, mientras tanto, miraba abajo hacia su premio. “Sube por el lado del muelle y arrebata a la gente - en su mayoría había niños, pero cualquiera estaba inclinado tomando una foto por la noche. Se habían vuelto más valientes, pensó. Aparentemente alguien con manchas entró dentro del área de hockey de mesa - ¿es un pez de colores?”

Mark levantó su bolsa de plástico. Dentro de ella había un pez pequeño de color naranja nadando en círculos. “Esta es la mejor vigilancia que he hecho nunca”, dijo él. “Nunca me habían premiado con un pez antes.”

Emma suspiró por dentro. Mark había pasado unos pocos años de su vida en la Cacería Salvaje, la más anárquica y salvaje de todas las hadas. Cabalgaron a través el cielo en toda clase de seres o cosas encantadas - motos, caballos, ciervos, perros enormes gruñendo - y buscaron en los campos de batallas, cogiendo objetos de valor de los cadáveres y dándoles tributo a las Cortes de las Hadas. 

Se estaba adaptando bien a estar de regreso con su familia de cazadores de sombras, pero había momentos que la vida normal le tomaba por sorpresa. Se dio cuenta que todo el mundo lo miraba con las cejas levantadas. Se sorprendió y puso un brazo alrededor de los hombros de Emma, con la otra mano sostenía la bolsa.

“He ganado un pez para ti, hermosa,” dijo él, y le besó la mejilla.

Era un beso dulce, amable y tierno, y Mark olía como siempre: al aire frío y a la hierba verde que crece. Y tenía sentido, pensó Emma. Todos estaban sorprendidos de que Mark le diera su premio.

Emma intercambió una mirada preocupada con Cristina, cuyos ojos se habían agrandado. Julian parecía como si estuviera a punto de devolver, aunque fue solo un momento, antes de volver a mostrar indiferencia, pero Emma se apartó de Mark y le sonrió como disculpa. 

“No puedo mantener un pez con vida,” dijo. “Mato las plantas con solo mirarlas”.

“Sospecho que tengo el mismo problema,” dijo Mark mirando el pez. “Es una lástima - lo iba a llamar Magnus, porque tiene escamas brillantes.” 

Ante el comentario, Cristina rio. Magnus Bane era el Gran Brujo de Brooklyn, y tenía tendencia por el brillo.

“Supongo que estará mejor si lo dejo libre,” dijo Mark. Antes de que nadie pudiera decir nada, se dirigió a la barandilla del muelle y vació la bolsa, el pez y el agua cayeron al mar.

“¿Alguien le explicó que los peces de colores son peces de agua dulce que no pueden sobrevivir en el océano?” dijo Julian en voz baja.

“No creo,” dijo Crisitina.

“¿Quieres decir que ha matado a Magnus?” preguntó Emma, pero antes de que Julian respondiera, Mark se volteó. 

Todo el humor desapareció de su rostro. “Acabo de ver algo que se hunde bajo el muelle. Algo que no es muy humano.”

Emma sintió que un leve escalofrío le recorría. Los demonios que pertenecían al océano eran raramente visitos en la tierra. Algunas veces tenía pesadillas donde el océano vomitaba su contenido en la playa: espinosas, tentaculadas, viscosas, ennegrecidas y medio aplastadas por el peso del agua.

En segundos, cada cazador de sombras tenía un arma en su mano - Emma tenía cogida su espada, Cortana, una espada de oro que le dieron sus padres. Julian sostenía un cuchillo serafín y Cristina tenía su cuchillo de mariposa.

“¿Por dónde?” preguntó Julian.

“Al final del muelle,” dijo Mark; no había cogido ninguna arma, pero Emma sabía lo rápido que podía ser. Su apodo en la Cacería Salvaje era elf-shot, porque era rápido y tenía puntería con el arco o los cuchillos. “Hacia el parque de atracciones.”

“Voy por aquí,” dijo Emma. “Intentaré que vaya al borde del muelle - Mark, Cristina id por abajo, cogedlo si trata de volver al agua.”

Apenas tuvieron tiempo para asentir, Emma ya se había puesto en marcha. El viento tiró de su pelo trenzado que ella se había peinado entre la multitud en el parque que estaba iluminado al final del muelle. Cortana se sentía cálida y sólida en su mano y sus pies parecían que volarán por el suelo de madera deformado por el mar. Se sentía libre, sus preocupaciones se quedaban atrás, su mente y cuerpo estaban centradas en la tarea.

Podía escuchar pisadas detrás de ella. No necesitaba mirar atrás para saber que era Jules. Sus pasos habían estado a su lado durante todos los años que había luchado como cazadora de sombras. Su sangre había sido derramada junta con la suya. Había salvado su vida y ella había salvado la suya. Era parte de su yo guerrera.

 “Aquí,” le escuchó, pero ella ya lo había visto: una forma oscura y encorvada, trepando por la rueda de la fortuna. Las cabinas seguían girando, los pasajeros chillaban de alegría, inconscientes. 

Emma se puso al final de la cola y empezó a empujar las personas para apartarlas de su camino. Ella y Julian se habían puesto runas de glamour antes de llegar al muelle, eran invisibles a los ojos de los mundanos. Aunque eso no significaba que no sintieran sus presencias. Los mundanos que estaban haciendo fila maldecían y gritaban mientras los pisaban los pies y les daban codazos.

Una cabina se balanceaba, una pareja - la chica comía un algodón de azúcar púrpura y su novio vestido de negro y larguirucho - estaba a punto de subir. Mirando hacia arriba, Emma vio el demonio Teuthida deslizándose alrededor de la parte superior del soporte de la rueda. Maldijo, Emma empujó la pareja, casi echándolos a un lado y saltó dirección a la cabina. Tenía forma de octógono, un banco estaba en el interior dejando mucho espacio para estar de pie. Emma escuchó los gritos de sorpresa mientras la cabina subía, se elevó alejándose del caos que había creado, a bajo la pareja estaba gritando al hombre que vendía los tiquetes, y la gente de la cola se gritaban entre ellos.

La cabina se balanceó bajo sus pies cuando Julian aterrizó a su lado. Él levantó la cabeza. “¿Lo ves?”

Emma entrecerró los ojos. Había visto el demonio, estaba segura de esto, pero parecía que se había desvanecido. Desde este ángulo, la rueda de fortuna era un desastre de luces brillantes, rayos giratorios y barras de hierro pintadas de blanco. Las dos cabinas bajo de ella y de Julian estaban llenas de personas; la fila todavía intentaba ser organizada.

Bien, pensó Emma. Cuanta menos gente haya en la atracción, mejor.

“Detente”. Sintió la mano de Julian encima de su brazo, girándola. Todo su cuerpo se tensó. “Runas,” dijo, se dio cuenta que estaba sosteniendo su estela con su mano libre.

Las cabinas seguían subiendo. Ahora Emma podía ver bajo suyo la playa, la oscura agua mojaba la arena, las colinas del parque Palisades se elevaban por encima de la carretera, coronadas por una franja de árboles y vegetación.

Las estrellas eran oscuras, pero visibles más allá de las brillantes luces del muelle. Julian no sostenía su brazo con brusquedad, pero tampoco con delicadeza, sino que había una especie de distancia. La giró, su estela se deslizaba con movimientos rápidos por encima de su muñeca, dibujando runas de protección, velocidad, agilidad y audición mejorada.

Esto era lo más cerca que Emma había estado de Jules desde hacía dos semanas. Se sentía mareada, un poco borracha. Su cabeza estaba inclinada, sus ojos fijos en la tarea, y ella aprovechó la oportunidad para quedarse viéndolo.

Las luces de la rueda cambiaron del amarillo al ámbar y su piel bronceada se veía dorada. El cabello caía suelto, en finas ondas por encima de la frente. Emma conocía la suavidad de las comisuras de su boca y la fuerza y dureza de sus hombros que había sentido bajo sus manos. Sus pestañas eran largas, gruesas y oscuras, como el carbón. Casi esperaba que dejará polvo de color negro en la parte superior de sus pómulos cuando parpadease.

Él era hermoso. Siempre había sido muy guapo, pero se había dado cuenta demasiado tarde. Y ahora estaba a su lado de pie, y el cuerpo le dolía porque no podía tocarlo. Nunca podría volver a tocarlo.

Julian terminó de dibujar e hizo girar la estela en su mano para que el mango quedará de cara a Emma. La cogió sin decir una palabra y empujó hacia abajo el cuello de la camiseta. La piel era más pálida que la de su rostro y manos, marcada una y otra vez por las marcas blancas de las runas que, al ser utilizadas, se habían ido desvanecido.

Emma tuvo que dar un paso para acercarse más a él y poder dibujar las marcas. Las runas iban apareciendo bajo la punta de la estela: agilidad, visión nocturna. La cabeza de Emma llegaba hasta la barbilla de Julian. Se quedó mirando su garganta directamente y lo vio tragar.

“Sólo dime,” dijo él. “Dime como te hace feliz. De qué modo Mark te hace feliz.”

Ella levantó la cabeza y terminó de dibujar las runas. Julian cogió la estela de su mano inmóvil. Por primera vez en mucho tiempo sentía como la miraba directamente, sus ojos se volvieron azules oscuros debido al cielo nocturno y el mar, estos se extendían a su alrededor a menudo que se acercaban a la parte más alta.

“Soy feliz Jules,” dijo ella. ¿Qué significaba una mentida entre otras? Nunca había sido alguien que mintiese con facilidad, pero estaba encontrando la manera de hacerlo. Cuando la seguridad de las personas que amaba dependían de eso, había descubierto que podía mentir. “Esto es… Esto es lo más inteligente y más seguro para los dos.”

La línea de su suave boca se endureció. “Eso no es…”

Emma jadeó. Una forma contorsionada se elevó detrás de él - era de color del aceite sucio, sus tentáculos estaban adheridos a la cabina. Su boca estaba abierta y tenía un perfecto círculo de dientes.

¡Jules!” gritó, y se abalanzó al otro lado de la cabina, atrapando una de las delgadas barras de hierro. Se colgó con una mano de ella y con la otra sostenía a Cortana, acuchilló al Teuthida por la parte de atrás. El demonio gruñó y el icor salió; Emma gritó cuando le salpicó al cuello, quemando su piel.

Un cuchillo perforó la piel del demonio. Emma se cogió a una barra y subió, bajó la vista para ver a Julian, estaba al borde de la cabina con otro cuchillo en mano. Jules miró su mano y tiró el segundo cuchillo…

Este se cayó al fondo de una cabina vacía. El Teuthida era increíblemente rápido y desapareció de su vista. Emma vio como lo buscaba entre las barras de metal que componían la rueda.

Emma envainó a Cortana y comenzó a arrastrarse por el radio, yendo hacia el centro de la rueda. Las luces LED iluminaban su alrededor de color púrpura y oro.

Había icor y sangre en sus manos haciendo el trayecto resbaladizo.  La vista desde la rueda era hermosa, el mar y la arena se extendía por todas direcciones delante de ella, como si lo estuviera observando desde el cielo.

Podía saborear la sangre y la sal en su boca. Debajo de ella podía ver a Julian fuera de la cabina, trepando por otra barra de metal. Él la miró y señaló; siguió su dedo y vio el Teuthida cerca del centro de la rueda.

Sus tentáculos se movían alrededor de su cuerpo, golpeando el centro de la rueda. Emma podía sentir las vibraciones en su cuerpo, estiró el cuello para ver que estaba haciendo y le perdió el rastro - en el centro del paseo estaba la estructura que sostenía la rueda. El Teuthida estaba tirando de los tornillos, intentando sacarlos. Si tenía éxito al retirarlos, toda la estructura se iba a soltar y la rueda caería.

Emma sabía que, si eso pasaba, nadie que estuviera en la atracción o cerca de ella, sobreviviría. La rueda se doblaría sobre sí misma y aplastaría a las personas de abajo. Los demonios llevaban consigo la destrucción, la muerte y lo disfrutaban.

La rueda de la fortuna se balanceó. El Teuthida tenía sus tentáculos alrededor de la estructura central de la rueda y la estaba torciendo. Emma redobló su velocidad al arrastrarse, pero aún seguía lejos del objetivo. Julian estaba más cerca, pero Emma sabía las armas que llevaba con él: dos cuchillos, que ya había lanzado, y los cuchillos serafín, que no eran lo suficientemente largos para alcanzar el demonio.

Jules la miró mientras estiraba su cuerpo a lo largo de la barra de hierro, envolvió su brazo izquierdo alrededor de la barra, y se sostuvo con él mientras extendía su mano.

Emma inmediatamente sin preguntar sabía lo que estaba pensando él. Respiro profundamente y se soltó de la barra.

Cayó hacia Julian, estirando su mano para alcanzar la de él. Se cogieron y se abrazaron, Emma lo escuchó jadear mientras la sostenía. Se balanceó de delante a atrás, con la mano izquierda cogía la mano derecha de Jules, y con su otra mano desenvainó a Cortana.  Aprovechó el peso de su caída para balancearse y acercarse al centro de la estructura.

El demonio Teuthida levantó su cabeza y mientras iba hacia ella, por primera vez vio sus ojos - eran de forma ovalada, con una capa protectora semejante a un espejo. Casi parecían ensancharse como los ojos humanos mientras empujaba a Cortana, atravesando la cabeza y el cerebro del demonio.

Sus tentáculos se agitaron - un último espasmo que liberó un cuchillo, que se deslizó rodando por los radios hacia abajo. Llegó al final y cayó.

En la distancia, Emma pensó que había escuchado un chapoteo. Pero no había tiempo para preguntárselo. La mano de Julian cogía con fuerza la suya, y empezó a tirar de ella. Envainó a Cortana mientras él la subía y subía, donde estaba tendido, de modo que cayó torpemente encima de él.

Seguía cogiendo su mano y respiraba fuertemente. Sus ojos encontraron los suyos, solo por un segundo. A su alrededor, la rueda seguía girando y los bajo hasta el suelo. Emma podía ver la multitud de mundanos que había en la playa, el brillo del agua a lo largo de la costa, incluso una de las cabezas oscuras y claras podrían ser Mark y Cristina…

“Buen trabajo en equipo,” dijo finalmente Julian.

“Lo sé,” dijo Emma, y lo hizo. Eso fue lo peor: estaba en lo cierto, trabajaban perfectamente como parabatai. Como guerreros compañeros. Como un par de soldados que jamás podrían separarse.



Mark y Cristina los esperaban bajo el muelle. Mark se había quitado los zapatos y estaba mitad de camino en el agua. Cristina estaba doblando su cuchillo de mariposa y bajo sus pies había la arena seca.

“¿Viste el calamar caer de la rueda de la fortuna?” preguntó Emma mientras se acercaba a Julian.

Cristina asintió. “Cayó en las aguas poco profundas. No estaba del todo muerto, así que Mark lo arrastró hasta la playa y terminamos la tarea.” Pateó la arena. “Fue muy repugnante y Mark se ensució.”

“Tenía icor en mí,” dijo Emma mirando su equipo manchando. “Fue un demonio desagradable.”

“Sigues estando hermosa,” dijo Mark con una sonrisa galante.

Emma le sonrío de vuelta, era todo lo que podía hacer. Esta realmente agradecida a Mark, quien estaba haciendo su parte sin ninguna queja, aunque lo debió de encontrar extraño. Según la opinión de Cristina, Mark estaba sacando algo a cambio, pero Emma no podía imaginar el qué. No era como si a Mark le gustara mentir - había estado mucho tiempo con las hadas, que eran incapaces de decir mentiras, que lo encontraban antinatural.

Julian se alejó de ellos y estaba con el móvil de nuevo, hablando en voz baja. Mark salió del agua y se puso las botas con los pies mojados. Ni él ni Cristina estaban del todo glamurizados, y Emma notó como los mundanos iban hacía ellos - porque él era alto y guapo y tenía unos que brillaban más que las luces de la rueda de la fortuna. Y porque una de sus ojos era azul y el otro era de oro.

Y porque había algo en él, que le hacía ver extraño, un rastro de salvajismo de las hadas que hacía a Emma pensar en espacios abiertos, libres e ilegales. Soy un chico perdido, sus ojos parecían decir. Encuéntrame.

Al llegar a Emma, levantó su mano y cogió un mechón de su pelo. Una oleada de sensaciones la invadió - tristeza, regocijo, el anhelo de algo, aunque ella no sabía que era.

“Era Diana,” dijo Julian, e incluso sin mirarlo, Emma podía imaginarse su rostro al hablar - gravedad, prudencia, una cuidadosa consideración ante la situación. “Jace y Clary han llegado con un mensaje del Cónsul. Están reunidos en el Instituto, nos quieren allí ahora.




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Inundaciones ilimitadas  

PRÓXIMAMENTE...


(1) Mayal: es un arma, formada por una bola de metal que tiene pinchos en su superficie, esta bola 
está sujeta a una cadena, y la cadena está sujeta a una vara.
(2)  Luceros del alba:  es un arma, concretamente un tipo de maza. La bola está formada por clavos o 
púas.
(3) Cabujón: estilo de talla de gemas, es como una gema o piedra pulida de forma redondeada.